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El celibato como conflicto

El celibato como conflicto

 

Con 43 años de edad y 17 de sacerdote católico estoy viviendo una situación que me gustaría proponerla como debate o al menos abrir un espacio de opinión.

Siempre estuve convencido (y lo sigo estando) del valor del celibato sacerdotal como una expresión válida de amor y entrega. Tan convencido que cuando algún sacerdote de mi diócesis dejaba el ministerio por haberse enamorado yo siempre reaccionaba con decepción sobre su infidelidad: ¿Es que no tuvo tiempo en los años de seminario para pensar la opción que estaba por hacer?

Para mí el planteo siempre fue muy claro. Mi opción la mantuve con fidelidad y jamás dudé de la vocación que había recibido… hasta hace un tiempo. Fue una experiencia personal la que me replanteó todo el tema.

No sé si fue el inicio de la segunda parte de la vida, la nueva perspectiva frente a la vejez cada vez más cercana, o simplemente un proceso natural que me puso de narices con un tema que siempre contemplé lejano en otros curas.

Descubrí que uno puede elegir voluntariamente mantener la castidad, pero no se puede elegir tan fácilmente no enamorarse. Y en esta perspectiva no puedo dejar de pensar si lo que vivieron los otros sacerdotes (con los cuales perdí todo contacto) fue el resultado de una crisis vocacional o un proceso madurativo normal de la persona.

Yo no tengo ninguna duda de mi vocación sacerdotal, mi planteo es que no encuentro ahora, fuera de un impedimento canónico, una incompatibilidad real entre el ejercicio del ministerio sacerdotal y el amor marital. De hecho no lo hay, ya que en la iglesia católica de rito oriental se ordenan sacerdotes a hombres casados, como en nuestra iglesia latina se ordenan  diáconos a hombres casados. Es más: en Tenerife se recibió a un pastor anglicano casado con hijos, que se convirtió al catolicismo, y está de párroco en una iglesia católica en ese lugar.

Pero doy otro paso: hoy no puedo dejar de pensar en los sacerdotes que hemos perdido, hombres formados, con experiencia pastoral, que puestos en la disyuntiva entre su sacerdocio y su amada tuvieron que dejar el ministerio. Es mucho lo que se pierde por no permitir que sigan ejerciendo su sacerdocio, además de ser una solución muy cruel a lo que están viviendo.

Con el tiempo: ¿se le recriminará a la mujer amada por haber tenido que dejar el ministerio? Porque tensiones y crisis viven todas las parejas. ¿les pesará no poder celebrar la eucaristía? ¿no poder reconciliar a hombres y mujeres con Dios sanando heridas profundas? ¿les pesará ese liderazgo reprimido que durante años le sirvió para pastorear una parroquia?

Tampoco puedo dejar de pensar en los que, después de enamorarse, optaron por el ejercicio del ministerio ¿con qué peso lo están viviendo? ¿con qué consecuencias personales?

No puedo ser el mismo que a los 18 años cuando entré al seminario o a los 26 cuando me ordené de sacerdote e hice la opción definitiva por el celibato. Tengo 43 años, y algo cambió en mí, sin perder los ideales de una vida puesta al servicio de Dios y de su pueblo.

Dicen algunos entendidos que la Iglesia Católica de rito latino resolverá el tema de una u otra forma (ordenando a hombres casados u permitiendo casarse a sacerdotes ordenados) dentro de 40, 70 o 100 años a más tardar. Eso es muy bueno para los curas que vivan dentro de 100 años. A mi esa perspectiva no me resuelve el conflicto que vivo hoy.

P. Matheus.

 

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